Capítulo 1 de 11
Prefacio

Muchos cuentos de hadas narran la historia de una bestia feroz con terribles poderes, generalmente un dragón o un basilisco, que tiraniza a los habitantes de los poblados locales. Ellos tiemblan ante semejante monstruo, y, con la esperanza de apaciguar su instinto asesino, periódicamente sacrifican animales y entregan dinero a modo de ofrenda.
La mayoría de los aldeanos se encogen y palidecen a la sombra de la bestia, y llaman a su temor “prudencia”. Pero algunos — ebrios, tal vez, de coraje o temeridad — optan por luchar. Año tras año, década tras década, ola tras ola de aspirantes a la gloria miden su fuerza, virtud y astucia contra el abominable tirano.
Y fracasan, una y otra vez.
La bestia es inmortal, de modo que los aldeanos no pueden confiar en el paso del tiempo para librarse de su tiranía. La bestia no es racional, y no tiene intenciones de comerciar, por lo que no hay negociación posible con ella.
La única esperanza de los afligidos aldeanos es la irrupción de un hombre que logre por fin derrotar a la bestia.
Un día, tomando a todos por sorpresa, un hombre que nadie cree capaz de semejante hazaña da un paso adelante y enfrenta a la bestia. Es un mozo de cuadra, el hijo de un zapatero, un aprendiz de panadero — o, a veces, un simple vagabundo.
Este libro es la historia de mi propio asalto a la bestia.
Esta “bestia” es la creencia de que no es posible definir un sistema de ética objetivo, racional, secular y científico. Esta “bestia” es la ilusión de que la moral debe perderse para siempre en el pantano irracional de los dioses y los gobiernos, y que, carente de justificación lógica y definición precisa, debe ser impuesta por razones meramente pragmáticas. Esta “bestia” es la fantasía de que la virtud — nuestra mayor alegría, nuestra felicidad más profunda — debe ser desechada por los adultos no religiosos, como si se tratara de un primitivo objeto de culto que aún sirve de coartada a sacerdotes y políticos — y a padres. Esta “bestia” es la superstición según la cual, en ausencia de las diatribas de los padres, la intimidación de los dioses o las armas de los gobiernos, no es posible que alguien llegue a ser bueno y a la vez racional.
Muchos grandes héroes han sido derribados por esta bestia, desde Sócrates a Platón, Agustín, Hume, Kant y, más recientemente, Rand.
El costo para la humanidad ha sido enorme.
Dada nuestra incapacidad para definir un sistema de ética racional y universal, nos hemos visto obligados a aterrorizar a nuestros hijos con las historias religiosas más espeluznantes, o a dotar de armas, prisiones y ejércitos a un pequeño monopolio de mandamases que se hacen llamar “el Estado”.
Mientras sigamos creyendo que la “ética” es una cuestión puramente subjetiva y cultural, seguiremos dependiendo de la intimidación, el miedo y la violencia para hacer cumplir las normas sociales. Mientras la ética siga careciendo del soporte racional del método científico, “la moral” seguirá estancada en una guerra de mitologías tribales por el control de la lealtad de las personas a “la virtud”.
No podemos vivir sin moral, pero no podemos definir objetivamente la moral — así es que nos mantenemos condenados a la vana hipocresía, la cínica dominación o la piadosa esclavitud.
Desde un punto de vista intelectual, no hay apuesta más alta: nuestro fracaso a la hora de establecer normas morales objetivas y racionales ha costado cientos de millones de vidas humanas en nombre de religiones y estados.
(…)
El creciente flujo de información que debemos a Internet ha expuesto, como nunca antes, las mentiras de las autoridades — y de sus cómplices. La sospecha de que “la verdad” no es más que una estrategia de manipulación, y que “la virtud” no es más que una estrategia de control, ha dado a luz a una nueva generación de nihilistas. Estos relativistas extremos reservan sus ataques más enérgicos para quienes se atreven a invocar cualquier forma de certeza. La generación posmoderna parece haber superado la intolerancia y las supersticiones culturales heredadas, pero ha pasado a considerar que toda verdad es una simple afirmación prejuiciosa. Como criaturas maltratadas que andando el tiempo acaban refugiándose en la “sabiduría” cínica, los posmodernos ven en toda comunicación una publicidad, en todo alegato una propaganda, y en toda exhortación moral una estafa mal disimulada.
(…)
La “bestia” del relativismo ético se cierne sobre nosotros, acosándonos, justificando los impuestos, las prisiones, la censura y la guerra. Esclaviza a niños y jóvenes en colegios estatales e iglesias; mantiene a los pobres atrapados en los soft gulags del estado de bienestar; hasta esclaviza a quienes todavía no han nacido, reservándoles el pozo sin fondo de las deudas nacionales.
(…)
La razón por la cual los científicos no precisan un gobierno, o un Vaticano, es que cuentan con una metodología objetiva para resolver sus disputas: el método científico.
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